Lo que comenzó como una tarea de crónica y unas cuantas visitas entre amigos a pulquerías se convirtió en un espacio virtual donde las historias cotidianas encuentran un lugar para decir lo que casi nunca se dice en voz alta.
Escrita por:
- Fátima Viridiana Arellano MirelesCuando una persona tiene problemas o la angustia encima, casi siempre busca un lugar donde refugiarse, aunque sea un rato. Ese fue mi caso aquel día. Iba caminando por la calle, dándole vueltas a lo que podría pasar, cuando a lo lejos vi una pulquería que parecía sacada de la época de la Revolución: puertas de vaivén, pared descarapelada y un letrero viejo que casi no se alcanzaba a leer.
Desde afuera se notaba que no había mucha gente; con suerte habría una o dos personas adentro, así que decidí entrar. En cuanto crucé las puertas, me llegó de golpe el olor a maguey con tierra mojada, algo entre dulce y agrio al mismo tiempo, todo mezclado. Por dentro era más grande de lo que se veía desde la calle, pero apenas tenía tres mesas para sentarse. La barra, en cambio, sí era larga, aunque ya estaba muy desgastada de tanto codo apoyado.
Me acerqué a la barra. Encima había varios jarritos de barro, con colores y figurillas llamativas. Debajo de la barra se alcanzaban a ver las pencas de maguey, los barriles de pulques curados y las cajas de cerveza apiladas. Primero eché una mirada de arriba a abajo buscando a quien atendía, hasta que vi a un señor ya mayor limpiando los jarritos con un trapo.
Aún no le había hablado cuándo, de espaldas, preguntó amablemente:
—¿Qué le sirvo?
Yo ni siquiera había tenido tiempo de pensar qué quería, así que respondí:
—¿Usted que me recomienda?
Sin decir una sola palabra, puso un jarrito de pulque frente a mí.
—Pero si todavía no pido nada —alcancé a decir. —Lo sé —contestó—, pero tómeselo, le aseguro que le va a gustar.
Antes de dar el primer trago, me detuve a observarlo con detalle. Sus manos estaban muy arrugadas; llevaba una camisa de manta, botas, un cinturón de cuero y un sombrero de paja bien colocado. Luego miré con cuidado lo que me había servido: se notaba que era un pulque fresco, recién raspado en la mañana, por la espumita que asomaba y ese tono blanquecino. El pulque no era de mis bebidas preferidas, pero este sabía distinto. No era espeso; al contrario, se sentía fresco, ligero y lo bastante refrescante como para aliviar el calor que hacía afuera.
Después de unos cuantos tragos, empecé a mirar con más calma las paredes. Había letreros antiguos, fotografías casi borradas y varios murales. No parecían pensados para decorar, sino más bien como restos de algo que había pasado por ahí: colores, trazos, frases sueltas que alguien dejó y nadie se atrevió a borrar.
Me llamó la atención uno en particular. No tenía marco ni firma. Era una escena sencilla: una casa con la puerta abierta, varias cajas apiladas, un colchón recargado en la pared, bolsas de ropa y un par de sillas en la banqueta. A un lado, una persona estaba parada, mirando todo con una expresión que era una mezcla de cansancio e incredulidad. No había explicación escrita, pero se entendía que ahí alguien había tenido que irse sin querer.
Me quedé viendo esa escena más de lo que tenía sentido.
El tlachiquero se dio cuenta.
—Eso tiene tiempo ahí —dijo, apoyándose en la barra—. La verdad es que aquí la gente a veces deja cosas que ya no puede seguir cargando. A veces son palabras, a veces son dibujos, a veces solo un silencio largo en esta barra.
No supe qué responder, así que solo asentí con la cabeza.
—Hay cosas que no se pueden guardar todo el tiempo —añadió, sin mirarme directamente—. Cuando algo te arde, tarde o temprano se tiene que decir. Lo que arde, cuenta. Si no, nada más se queda ahí adentro haciendo ruido.
La frase se me quedó dando vueltas. “Lo que arde, cuenta”. No era una orden ni un consejo, pero sonaba a permiso.
Bajé la mirada al jarrito. Lo tomé entre las manos, respiré hondo y volví a ver la imagen: las cajas, la banqueta, la puerta abierta. No era mi historia, pero algo en esa imagen tocaba algo que traía guardado desde hacía tiempo. No pensé “voy a contar todo”. Solo dejé que la boca empezara a moverse.
—Es que llega un punto en el que ya no sabes bien dónde estás —dije, casi sin querer—. Como si el piso se moviera todo el tiempo.
No dije de qué hablaba exactamente, ni el tlachiquero lo preguntó. Solo se quedó ahí, a una distancia cómoda, escuchando. Fui soltando frases sueltas: momentos, escenas, detalles. Hablaba de noches sin dormir, de avisos de último minuto, de decisiones que no elegí, pero igual me alcanzaron. No era un relato ordenado; era más bien ir dejando caer pedazos que ya no quería seguir cargando en silencio.
Cada tanto, el tlachiquero rellenaba el jarrito y asentía con la cabeza. No interrumpía, no intentaba arreglar nada.
En una esquina, sobre unos costales viejos, había un tlacuache gris, hecho bolita, con la cola enroscada alrededor de sí. No sabía desde cuándo estaba ahí. Parecía dormido, pero en cuanto empecé a hablar de lo que de verdad me costaba trabajo decir, abrió un ojo, luego el otro, y se acercó despacio hasta quedar debajo de mi banco.
No hizo ruido. Simplemente se quedó ahí, muy quieto, como si estuviera atento. Cada vez que soltaba una frase que me daba pena o miedo, sentía un pequeño movimiento a la altura de los pies, como si alguien juntara con cuidado lo que yo iba dejando caer. El tlachiquero, de vez en cuando, le echaba una mirada, como quien ve a un conocido de toda la vida.
—Ese es Ceniza —dijo en un momento, casi en voz baja, como si se le hubiera escapado el nombre—. No hace gran cosa. Nomás escucha.
No supe si reír, contestar algo o quedarme en silencio, así que solo seguí hablando. Había algo tranquilizador en saber que, además del señor detrás de la barra, había otro ser pequeñito ahí, escuchando sin opinar.
No recuerdo en qué momento dejé de hablar. Solo sé que, de pronto, ya no tenía nada más que agregar. El silencio que se hizo después no era el mismo de cuando llegué. Mis problemas seguían ahí, pero habían dejado de ser un peso que me apretaba en el pecho; ahora se sentían más como algo que, por fin, había encontrado dónde ponerse.
—Gracias —dije, sin tener claro si le hablaba al tlachiquero, al lugar o a alguien más.
—Para eso está esta barra —respondió él—. Para que lo que arde encuentre por dónde salir.
Pagué, dejé el jarrito vacío sobre la barra y me quedé un momento mirando mis propias manos, como si no fueran las mismas de hace un rato. Antes de ir hacia la puerta, volví la vista a la esquina de los costales. El tlacuache ya no estaba hecho bolita ahí. En su lugar quedaba una brasa pequeñita, del tamaño de una historia, todavía encendida.
Mientras la puerta se cerraba detrás de mí, alcancé a ver, por el rabillo del ojo, cómo el tlacuache se deslizaba hacia un hueco en la pared, con la cola enroscada alrededor de algo que brillaba apenas. No supe explicarlo, pero sentí que una parte de todo lo que acababa de decir ya no estaba solo conmigo.
Afuera, la calle era la misma: ruido, calor, pendientes. Yo seguía teniendo las mismas preguntas, pero caminaba un poco más ligero. Desde ese día, cuando algo me arde por dentro y no sé bien qué hacer con eso, pienso en esa pulquería, en el señor detrás de la barra y en un tlacuache gris que no opina ni aconseja: solo escucha.
A eso, con el tiempo, empecé a llamarle Pulque y Ceniza.
Lo que comenzó como una tarea de crónica y unas cuantas visitas entre amigos a pulquerías se convirtió en un espacio virtual donde las historias cotidianas encuentran un lugar para decir lo que casi nunca se dice en voz alta.